junio 24, 2017

EL FINAL DEL VIAJE: -“¡DEBEN CUMPLIR SU PALABRA, O TENDREMOS QUE MATARLES Y COMERNOS SU CARNE!”-INSISTIÓ EL KOROWAI

 

UN CÁNTABRO EN TIERRA CANÍBAL XI

En Julio de 2005, me adentré, con la única compañía de un guía autóctono Thony y de un puñado de porteadores nativos en el ancestral mundo de Irian Jaya (Papua Occidental), el rincón más salvaje del planeta. Mi intención era contactar a los hombres mono, los caníbales korowai. El viaje se convirtió en una experiencia única, un auténtico reto como viajero, plagado de anécdotas y situaciones novelescas.
Este serie de relatos pretende ser una especie de cuaderno de viaje, mediante el cual, os narro mi aventura en tierra caníbal.

 EL FINAL DEL VIAJE:

-“¡DEBEN CUMPLIR SU PALABRA, O TENDREMOS QUE MATARLES Y COMERNOS SU CARNE!”

Al día siguiente, levantamos el campamento. Queríamos llegar a un poblado que estaba situado a unas cuatro horas, selva adentro, así que, tras almorzar ligeramente, nos despedimos de nuestros hospitalarios amigos y  nos pusimos de nuevo en marcha…

-“No dejes de llevar a tu esposa a Yaniruma” – insistió Thony, mientras le estrechaba la mano al jefe-.

 

A la hora de los murciélagos, no habíamos encontrado ni rastro del pueblo al que nos dirigíamos…Llevábamos más de tres horas avanzando por las ciénagas, a golpe de machete y bajo la incesante lluvia.

Yo me preguntaba si algún día volvería a sentirme seco…
En más de una ocasión, habíamos presentido la presencia de los hombres mono, y distinguido sus siluetas, deslizándose por las ramas de los árboles. Pero por el momento, nuestros nuevos vecinos habían preferido ignorarnos…

-“¿Y bien?”“– le pregunté a Thony en un momento en que nos detuvimos a respirar-.
-“Nos debe quedar cerca de una hora de camino… Apenas tenemos unos  minutos de luz…” -reflexionó en voz alta-.
-“¿Seguiremos de noche?”
-“Demasiado peligroso. Me temo que tendremos que pasar la noche a la intemperie”

Antes de que la noche cayera por completo, buscamos un pequeño espacio, aceptablemente seco, que los porteadores limpiaron de vegetación a golpe de machete.

No había sitio para montar las tiendas, así que tuvieron que improvisar. Utilizando ramas y grandes hojas de palmera, construyeron una especie de “háimas”, de poco más de  un metro de altura, donde refugiarnos del agua.

Cayó la noche.
La vehemente lluvia nos impedía hacer cualquier tipo de fuego, así que tuvimos que cenar a base de galletas y crema de cacahuete.
Los porteadores se repartieron turnos de vigilancia, para alertar de cualquier eventual peligro en forma animal ó humana…

La noche prometía ser larga…
Las enormes hojas de palma servían de eficaz parapeto contra las gotas de lluvia que golpeaban sobre ellas con la cadencia del tic-tac de un escandaloso reloj.
A pesar de su impermeabilidad, al cabo de un rato el agua comenzó a filtrarse en el habitáculo, goteando sobre mi cuerpo, recostado en la colchoneta. Debía prepararme a pasar una noche pasada por agua …
Desde mi posición, mientras intentaba conciliar el sueño, pude distinguir los enormes ojos blancos de Mada, tratando de guarecerse, junto a su hermana y su tía.

Pies de Elefante se hizo cargo de la primera guardia.
La vegetación volvió a crujir cerca del campamento…
-“Están ahí” –  musitó Thony desde su refugio-. “Hace tiempo que nos vienen observando. Estos Korowais recelan de nosotros más de lo habitual. Espero que no tengamos problemas con ellos” 
Aquella noche, apenas conseguí dormir un par de horas…

 

Con las primeras luces del día ya estábamos otra vez en camino.
Desde la mañana anterior no había logrado librarme de la sensación de mojado, y ya estaba otra vez caminando con el agua por la rodilla. Sin embargo, aquel amanecer el cielo estaba más despejado y por primera vez no amenazaba lluvia

Yo marchaba en segunda posición, justo entre Thony y Boas, el Cara Chupada nos seguía a poca distancia.

De pronto, el huesudo porteador dio un salto al frente y se abalanzó sobre una pequeña serpiente que cruzaba nuestra senda, y cuya presencia nadie más había percibido. Con el largo palo que portaba en la mano, a modo de bastón, el Cara Chupada comenzó a golpear al reptil hasta matarlo. Después, lo recogió con la vara y se acercó para mostrármelo, mientras, por medio de la mímica, me hacía entender que se trataba de una serpiente realmente letal…

-“Si te muerde una de estas, estás muerto; es una de las más peligrosas” – explicó Thony -.

Los reflejos del Cara Chupada acababan de salvarnos de una posible tragedia. Todos le mostramos nuestro agradecimiento.

 

Eran las nueve de la mañana cuando por fin llegamos al poblado que andábamos buscando.

La comunidad la componían cuatro Khaims, edificadas a unos diez metros del suelo, y una casa larga, de mayor tamaño que la que dejamos en Yafofla.

A primera vista, el pueblo estaba desierto. Pero pronto comenzamos a constatar presencia humana a nuestro alrededor.

De las puertas de las Khaim asomaban de vez en cuando las cabezas de las mujeres y los niños Korowai, que nos espiaban clandestinamente. Si te esforzabas, podías distinguir a silueta de algún hombre desnudo, encaramado en la rama de un árbol, atento a cada uno de nuestros movimientos…

Boas dijo algo en voz alta. Imaginé que se trataba de una especie de saludo a los habitantes del pueblo. Pero nadie contestó.

Tras unos minutos de indecisión, decidimos tomar posesión de la casa larga y esperar a que nuestros enigmáticos anfitriones decidieran revelarnos su presencia…

-“Ir dejando las cosas en la casa larga, pero no montéis todavía las tiendas; no vaya a ser que tengamos que salir corriendo” –apuntó Thony, sin dejar de mirar hacia los árboles-.

Siguiendo las instrucciones de Thony, procedimos a acomodarnos en nuestro nuevo alojamiento, pero sin deshacer del todo el equipaje.

Yo aproveché a cambiarme la ropa mojada, pero preferí quedarme con las botas puestas, por si acaso.
Los porteadores transpiraban inquietud. También Boas parecía intranquilo…

Thony se había sentado sobre un lecho de corteza de árbol. Parecía pensativo. Me dejé caer a su lado…

-“¿Es normal que se muestren tan esquivos? “– le pregunté-.
-“Depende”
-“¿De qué?”
-“De lo acostumbrados que estén al contacto con el hombre blanco. Podríamos estar ante una tribu poco amigable. La verdad es que la última vez que tuve un presentimiento así fue al otro lado de la línea de pacificación, con los Betul”

 

La posibilidad de haber contactado un grupo de Stone-Korowais o, por lo menos, una tribu  virgen en cuanto al contacto con el mundo exterior, me llenaba de excitación y preocupación a partes iguales…

A las once de la mañana,  por primera vez desde que nos adentramos en la jungla, el sol se filtraba con fuerza entre la densa foresta, provocando un calor húmedo, capaz de abatir a un elefante…  Fue entonces cuando  los primeros habitantes del poblado hicieron su aparición…

Procedentes de las copas de los árboles, varios cuerpos desnudos se deslizaron por el tronco, deteniéndose a la entrada de la choza. Eran tres individuos de entre veinte y treinta años. De complexión ágil y fibrosa. Estaban armados con arcos y flechas…

Thony y Boas se apresuraron a hablar con ellos. En ningún momento percibí la cordialidad de  los habitantes de Yafofla. Con ceño fruncido, parecían escudriñarnos, muy especialmente a mí. No daban la sensación de prestar la más mínima atención a las palabras de Boas, salvo cuando, de vez en cuando, se dignaban contestar de forma parca.

Luego, siguieron unos minutos de tenso silencio, de cruce de miradas, hasta que por fin, el que debía ser el jefe de la tribu asintió levemente con la cabeza y profirió una frase tan escueta como tajante…

Thony se volvió hacia el resto de la expedición…
-“Montad las tiendas”
El grupo se puso manos a la obra.

Al cabo de un rato, se nos unió todo el poblado. En total, unas veinte personas, entre niños,  mujeres y hombres, que merodeaban entre nosotros, escrutando cada objeto que extraíamos de las mochilas.

Mientras Thony repartía unos cigarrillos entre los adultos, varios pequeños se me acercaron e incluso se aventuraron a palparme con curiosidad. Yo saqué una barrita energética y me dispuse a repartirla entre ellos, pero uno de los nativos lanzó un grito y los niños rehusaron mi ofrecimiento.

En ningún momento, los hombres – diez en total – soltaron sus armas. Principalmente arcos y flechas, pero también lanzas y hachas de piedra.

Habían pasado seis días desde mi llegada a las lowlands,  cuatro desde que nos adentramos en selva virgen. Cuatro días en que había permanecido prácticamente a remojo. Al día siguiente, teníamos previsto regresar a Yaniruma, para,  un día más tarde, tomar la avioneta que nos llevaría de vuelta a Wamena. Sin embargo, tenía el presentimiento de que mi tiempo en la jungla aún iba a depararme  fuertes emociones.

Durante el día de estancia en esta nueva comunidad Korowai, tuve oportunidad de seguir conociendo sus hábitos de vida. Pero estos nativos no parecían sentirse cómodos con mi presencia. Accedían a regañadientes, cada vez que Boas les sugería que me mostraran como realizaban sus quehaceres cotidianos. Seguían sin desprenderse de sus armas, y sus omnipresentes figuras, apostadas entre  nosotros, recordaban más a los guardas de una prisión de alta seguridad, pendientes de evitar un intento de fuga, que a unos hospitalarios anfitriones, preocupados por el bienestar y el confort de sus huéspedes.

Thony también parecía un poco estresado, debido a la persistencia del jefe de la tribu, que, continuamente, se le acercaba, en tono hostil, con la intención de negociar alguna compensación. Por lo visto, ya no se conformaba con los cigarrillos  que, hasta ese momento, habían podido amortiguar su avalancha de exigencias.

 

Con la caída de la noche, la mayoría de los nativos se retiraron a sus khaims, y nosotros nos quedamos solos, junto al jefe, una de sus esposas y otros tres miembros de la tribu.

El día y la noche anterior habían sido tensos, así que, después de cenar, intentamos relajarnos alrededor del fuego.

Las risas y las bromas de la última noche en Yafofla habían dado paso al silencio y a la sensación de recelo mutuo entre los miembros de la expedición y los cinco aborígenes, que permanecían sentados a nuestro lado, rígidos como una momia. Estaba claro que no existía la menor química  entre aquellos arborícolas y el grupo.
Thony estaba sentado frente a mí, al otro lado de la hoguera, tratando de relajarse, con los ojos cerrados, mientras fumaba en una pipa Korowai. Priscilla se arrodilló a su espalda y se ofreció a darle un masaje en hombros y cuello.

Yo estaba contemplando la escena cuando Mada se me acercó, sonriente…  Me preguntó si me apetecía un masaje también -.
-“Yes. Thank you…” – Respondí -.
Entonces, la joven se situó detrás mio y comenzó a masajearme con esmero…
-“¡Vaya novia que te has echado, Indiana!” –  Bromeó Thony, con los ojos entrecerrados-.
Yo sonreí y guardé silencio, mientras me concentraba en el tacto de aquellos dedos, que presionaban suavemente mi piel…

Con tanto placer y la falta de sueño de la noche anterior, los párpados comenzaron a pesarrme como losas. Así que no pasó mucho tiempo antes de que decidiera acostarme.

Pero aquella última noche en la jungla, el sueño iba a tener que esperar…

Apenas había pasado una hora desde que me retiré a mi colchoneta.
Desde el interior de la tienda de campaña escuché gritos. Yo estaba acostumbrado a que entre ellos, a veces se comunicaran de forma un tanto exagerada, así que en un principio, no di mayor importancia a las voces que provenían del exterior. Sin embargo, el griterío se hizo cada vez más intenso y comencé a percibir cierto grado de agresividad en las entonaciones, por lo que salí de la tienda a comprobar que pasaba.

Claramente, Thony estaba enfrascado en una fuerte discusión con el jefe del poblado. La cosa parecía seria, pero los ya habituales aspavientos de los Korowai, cuando debatían con ardor, no me provocaron ninguna inquietud.

De pronto, todo cambió. Justo antes de retirarse, el gesto del jefe se me antojó mucho más amenazante que en veces anteriores, y la cara de Thony denotaba preocupación.

Entonces, Boas se dirigió al resto de los porteadores y,en pocos minutos, todos estaban armados con arcos y flechas a nuestro alrededor.

Le pregunté a Thony si pasaba algo…
-“Tranquilo”– Contestó. Pero la respuesta no me convenció-.
-“Entonces, ¿por qué cogen los porteadores sus arcos y flechas?” –insistí-.
-“El jefe del pueblo nos pide demasiado por pernoctar aquí. Me he negado y nos ha amenazado. Dice que piensa volver con más guerreros”– me explicó Thony, con gesto un tanto desencajado-.
-“Volver,¿a qué?” – pregunté yo-.
Esta vez, Thony no se anduvo por las ramas…
-“Ha amenazado con matarnos”.
-“¿Pueden cumplir su amenaza?”
-“Pueden… ¿Quién sabe?. No creo que esta noche vayamos a tener problemas. Pero podrían mostrarse hostiles mañana si presienten nuestra marcha” 

Siguieron unos minutos de tensa espera, escudriñando la oscuridad, tratando de captar cualquier sonido que  permitiera adivinar los movimientos de nuestros amenazadores vecinos.

El Cara Chupada y Pies de Elefante habían armado sus arcos…
Un grito rompió el silencio de la selva. Debía ser un insulto ó una nueva amenaza, que provenía de lo alto de las khaims. El alarido fue jaleado por un coro de aullidos humanos.

De nuevo un angustioso silencio se adueñó del lugar … Thony tomó una decisión…

-“Ahora no podemos hacer nada. Pasaremos la noche aquí. Dejad el campamento recogido; dormiremos fuera de las tiendas…Descansa todo lo que puedas, Indiana; antes de que amanezca tenemos que habernos largado de este lugar”

Tratando de hacer el menor ruido posible, para no poner a los Korowai sobre aviso de nuestros planes, plegamos las tiendas y recogimos el material de acampada, a excepción de las colchonetas, para pasar la noche. Yo opté por dormir con la ropa del día siguiente, incluidas las botas, a pesar de que seguían empapadas. Y esta vez, coloqué el cuchillo debajo de la almohada. Aunque no sabia muy bien para qué…

 

A las cuatro y media de la mañana ya estábamos preparados para partir. Aún quedaba más de media hora para que comenzara a amanecer y de nuevo llovía copiosamente.

Esta vez, la fuerte lluvia se aliaba con nosotros al ahogar con su estruendo, cualquier ruido que pudiera alertar a los Korowai sobre nuestra huida.

-“Modificaremos la ruta prevista para llegar al río Eilander, por si acaso deciden seguirnos.” – me susurró Thony-.
-“¿En serio crees que podrían seguirnos?”
-“No conoces a los Korowai cuando se sienten ultrajados o engañados. Puede que no, pero este jefe me parece un poco paranoico. Modificaremos la ruta “  – Concluyó -.

Con el mayor sigilo, abandonamos la casa larga por la parte de atrás, la más alejada de las khaims y, con paso torpe e impreciso, debido a la falta de visibilidad, nos sumergimos de nuevo en la jungla.

Con las primeras luces del día, Boas, que encabezaba la marcha, aumentó el ritmo de la zancada y se lanzó selva a través, a gran velocidad. Estaba claro que persistía el nerviosismo en el grupo. Los porteadores estaban deseando abandonar aquel pedazo de jungla que, de pronto, se había vuelto demasiado hostil. El paso se hacía cada vez más ligero y avanzar por aquel fangal, agotador y peligroso. Tan pronto te tropezabas con una de las innumerables raíces que se cruzaban en tu camino, como te clavabas hasta la rodilla en el lodo, con el consiguiente riesgo de fracturarte una pierna. Además, estaban las incontables lianas y plantas colgantes, que te golpeaban el rostro a cada paso, y la insistente lluvia, que se te introducía en la boca, abierta en busca de resuello, obligándote a escupirla cada dos por tres..

Llevábamos más de una hora de marcha, cuando comprobamos que Thony y Pies de Elefante se habían quedado atrás. Boas decidió que nos detuviéramos a esperarles y descansar un poco, mientras el resto de porteadores  se mostraban alterados y circunspectos. Casi diez minutos después, aparecieron los dos rezagados…

-“El ritmo es demasiado fuerte para Pies de Elefante” – Aclaró Thony -.”Seguid vosotros; yo me quedo con él. Os daremos alcance en el río” 

Acto seguido, los porteadores volvieron a echarse encima la carga y reiniciamos nuestra vertiginosa escapada hacia Yaniruma.

Cuatro horas más tarde, el terreno comenzó a ser todavía más blando, y la enorme cantidad de agua que anegaba el sendero, nos avisaba de la proximidad del gran río Eilander, la frágil frontera natural entre el mundo salvaje de los Korowai  y el pequeño retazo de civilización, que representaba Yaniruma.

El cambio de ruta nos había hecho desviar del punto en el que habíamos dejado las canoas cinco días antes, por lo que, una vez en el río, recorrimos varios metros de orilla en busca de alguna embarcación abandonada. La única que localizamos estaba inservible.

Entonces, dos de los porteadores, los que yo distinguía por su complexión atlética, se lanzaron al agua y se dejaron arrastrar río abajo por la fuerte corriente.

En pocos segundos, sus cabezas, como cáscaras de nuez  debatiéndose en la gran masa de agua, quedaron fuera de nuestro campo visual. Yo miré a Boas, extrañado…

-“¡Canoes!” – trató de explicarme, señalando hacia el otro lado del río-.
-“¿Han ido a por canoas?”
-“¡Canoes, Yanirura canoes!”– insistió, asintiendo con la cabeza-.

Sólo quedaba esperar, esperar a que los dos porteadores regresaran con las embarcaciones que nos transportarían a la otra orilla y esperar a que Thony y Pies de Elefante contactaran de nuevo con el grupo. Así que volvimos a cubrir el material con hojas y nos armamos de paciencia…

Aproximadamente veinte minutos más tarde, sentimos que alguien se aproximaba a nuestra posición. Cuando Thony y Pies de Elefante emergieron de la jungla, parecían alarmados…
-“¡Korowais!”–exclamó, señalando hacia el interior del bosque, mientras el resto de porteadores echaban mano a sus arcos -.
-“¿Qué pasa?” – Pregunté -.
-“Un grupo de korowais, no sé cuántos.  ¡Están aquí mismo!” – Contestó Thony -.
-“¿Son ellos?”
-“No sé”
Por un momento, la sangre hirvió en mi interior. No tenía claro qué estaba a punto de ocurrir, pero, fuera lo que fuera, ya no había forma de evitarlo; el río nos impedía cualquier intento de escapada, mientras cada vez se hacía más patente que alguien se aproximaba entre la foresta.

-“¡Ya les tenemos encima!..” – reculó Thony, al comprobar que la vegetación se agitaba cerca de nuestra posición-.
Segundos después el grupo de korowais emergió de la selva.

La visión de aquellos indígenas desnudos fue un alivio para todo el grupo.
Sus caras me resultaban conocidas, ya que con ellos había compartido incluso bromas durante mi estancia en Yafofla. Encabezaba el grupo el jefe del poblado. Tras él, otros dos hombres portaban a la esposa enferma en una especie de camilla tejida con hoyas y trozos de rama. Un quinto individuo adulto completaba la comitiva.

Al vernos, el jefe pareció alegrarse. Se aproximó a estrecharnos la mano, muy efusivo…
-“Llevo a mi esposa a Yaniruma” – tradujo Boas-.
-“Dile que nos alegramos mucho de verles, que hemos tenido problemas con sus vecinos y que estamos preocupados por si intentan seguirnos. Dile que han sido poco hospitalarios y que nos han amenazado. Por eso estamos armados”
El jefe escuchó atentamente la versión de Boas…
-“Ese jefe es muy hostil” – señaló Thony-“No hacía más que pedir y pedir, hasta que me negué, y entonces nos amenazó  de muerte”
-“Ese es el hombre que hizo enfermar a mi esposa” – dijo el jefe, en boca de Boas-“¡Es mal hombre…!”


Los korowais se quedaron un tiempo conversando con nosotros y luego continuaron su marcha hacia Yaniruma. Buscaban el lugar donde habían ocultado la canoa, “la última vez que cruzaron el gran río”.

Nosotros aún tuvimos que esperar cerca de una hora, bajo una fuerte lluvia, hasta que los dos porteadores regresaron con sendas embarcaciones.

Mientras me alejaba del impenetrable mundo de los hombres de los árboles, y a medida que me iba aproximando al pequeño embarcadero fluvial de Yaniruma, una profunda sensación de bienestar me recorrió el cuerpo. Era una mezcla de alivio y de satisfacción personal, como si todos mis músculos, y hasta mi mente, se hubieran relajado por fin, tras una semana de máxima concentración. Me decía a mi mismo: “lo has hecho;  has sido capaz, has vivido una experiencia única, y has superado la prueba” 

Todavía seguía en “el Infierno del Sur”, todavía continuaba en tierra caníbal, pero tras seis días buceando en las entrañas de la jungla, Yaniruma producía en mí una sensación de seguridad y de confort. Sentía que los peligros habían quedado definitivamente atrás y que nada podría evitar ya que regresara a casa sano y salvo…
Sentía muchas cosas, pero en eso, … ¡estaba totalmente equivocado!.

La visión de dos hombres blancos en el embarcadero de Yaniruma, los primeros que veía desde que puse pie en Irian Jaya, debió de resultar tan sorprendente para mí como para ellos la aparición de aquel español, calado hasta los huesos, con barba de más de siete días y bastante demacrado, emergiendo de los confines de la selva virgen.

Es curioso lo que sucede cuando te encuentras lejos de lo que percibes como “tu mundo”. Probablemente, si alguien te llega a insinuar en el viejo continente, que dos reporteros eslovacos pudieran tener algo que ver contigo, con tu forma de ser, con tu cultura, lo negarías al instante. Sin embargo, a miles de kilómetros de casa,  aquellos dos rubios exponentes de la Europa del este te parecían hermanos de sangre. Todas las diferencias perdían relevancia, en favor de las coincidencias en la forma de entender la vida, mucho más cercana  que la de los habitantes de aquel mundo paleolítico.

-“Hallo!” – nos saludamos, sin ocultar nuestra sorpresa y agrado-.
Antes de que los eslovacos subieran en su canoa, en compañía de su guía y sus porteadores, tuvimos tiempo para intercambiar experiencias e impresiones. El más fuerte de los dos, de unos treinta y cinco años, era un auténtico enamorado de Papúa. Aquella era la décima vez que viajaba a la isla, e incluso había llegado a adoptar a un par de niños en Yayapura.

En esta ocasión, su estancia no duraría más de cinco días, los necesarios para realizar las últimas tomas de un reportaje en video sobre los Korowai y los Kombai, para el cual anteriormente había permanecido seis meses conviviendo con ellos en el interior de la jungla…

-“Six months, can you imagine?, I told you he was crazy!” – exclamó el más menudo de los dos, que se había decidido a acompañar a su amigo a la isla de sus amores y que, por lo visto, no acababa de compartir del todo su entusiasmo-
Durante unos minutos, pude admirar su magnífico equipo fotográfico  y compartir con ellos mi propia experiencia…
-“We had some problem in a village near Yafofla. People are not very friendly there and can even turn dangerous. Ask my guide, he will tell you…” – traté de advertirles sobre el trato dispensado en el último poblado-.
Poco después, los eslovacos se alejaron en dirección al cenagoso rincón del mundo  que yo acababa de abandonar…

 

De vuelta en la cabaña que volvía a servirnos de albergue en Yaniruma. Aquel desvencijado chamizo me parecía ahora el palacio de Buckingham.

Mientras la mayoría de porteadores se ausentaba durante un tiempo, para visitar a sus familias, otros habitantes del pueblo, como el alcalde o el inalterable Dayak, no tardaron en salir a nuestro encuentro, ansiosos por conocer de primera mano los detalles de nuestra aventura en la jungla.

Yo seguía anclado en el más profundo estado de relajación y de satisfacción personal. Una intensa sensación de paz, acentuada por el melodioso selvático, envolvía aquel puñado de tambaleantes casas, al que otorgaban rango de pueblo.

Comenzaba a caer la tarde; asomado al porche, en cuya baranda, una hilera de botas y ropa intentaba por fin secarse al aire, pude admirar por última vez, el diario acontecimiento de los gigantescos murciélagos cubriendo el cielo de Papúa.

 

A las diez de la mañana del día siguiente, se puso en funcionamiento la estación de radio de Yaniruma. La avioneta debería habernos recogido a las nueve, pero una hora más tarde no había noticias del aparato.

El día había amanecido muy nublado, y Thony temía que, en esas condiciones, las pequeñas avionetas de la “A.M.A.” no se aventuraran a volar desde Wamena. Tras contactar con el piloto, nuestros temores se hicieron realidad…
-“Con este tiempo, imposible volar hasta vosotros, Yaniruma. Cambio” – comunicaba el piloto, mientras Thony y yo rodeábamos al responsable de la emisora-.
-“Hay dos pasajeros que deben volar hoy a Wamena. Cambio” –contestó el radiotelegrafista–“Lo sé, Yaniruma. Pero por ahora no hay nadie que se arriesgue a volar a esa zona.
Contactad en dos horas y veremos si cambia la situación. Cambio.”
-“De acuerdo, Wamena. Cambio y corto”.
Confirmado que por el momento deberíamos permanecer en Yaniruma, Thony y yo abandonamos la emisora y nos dirigimos, a paso lento, de vuelta al albergue…
-“ El cielo está muy cerrado. Mala pinta, Indiana”
-“¿Qué pasa si no cambia el tiempo?”
-“Habrá que esperar noticias. Si cambia antes de las cuatro, nos sacarán de aquí  hoy mismo. Después de esa hora no vuela nadie en Papúa, así que tendríamos que quedarnos hasta mañana. Suele ocurrir en esta parte de la isla. ¡Paciencia, hermano!”

La verdad es que la perspectiva de pasar otras veinticuatro horas en aquel desolador y aburrido tugurio no me seducía lo más mínimo. Pero, por lo visto, no había más remedio que armarse de paciencia y esperar… Saqué un taburete al porche, coloqué los pies sobre la barandilla, y me dispuse a emular  al joven Dayak, apoltronado en la mecedora, a la puerta de su pequeña tienda de ultramarinos.
Dos horas más tarde, las nubes seguían encalladas sobre todo el área de las tierras bajas.

-“Imposible volar, Yaniruma. Cambio” – volvió a confirmar la voz metálica, que llegaba de forma entrecortada a través de la emisora-.
-“Hablamos dentro de dos horasWamena. Cambio y corto.”
Un paseo a lo largo del pueblo, te comía media hora – quince minutos de ida y quince de vuelta –  siempre y cuando te tomaras tu tiempo entre  cada paso…

Pronto descubrí que cundía más el pedregoso recorrido de la pista de aterrizaje; aproximadamente podías matar unos cuarenta minutos, si te parabas a retar a Thony en un mano a mano de lanzamiento de piedras contra los barriles oxidados que servían de  señalizadotes para las avionetas.

Tras dos nuevas tentativas, tuvimos que resignarnos a pasar otra noche en Yaniruma.

Posiblemente, el más beneficiado con aquel contratiempo fue el comerciante Kayak, ya que, en un intento de seguir ganándole segundos a la tarde, decidí visitar su tienda y acabé comprándole un espectacular escudo Kombai. Me pareció que el escuálido tendero de Bornéo acaba de cerrar la venta del año.

A media tarde, recostado sobre los escalones del porche, pude saber que la escasez de entrada de dinero en Yaniruma se había convertido en el enésimo tema de conversación de la tediosa e interminable tertulia que se había establecido en la entrada de nuestra casa y a la que poco a poco, se había ido sumando una nutrida representación de lugareños, que como de costumbre, no parecían tener nada mejor qué hacer…

-“Falta flujo de dinero”– me aventuré a opinar –“No sólo entra poco, sino que no tenéis dónde gastarlo en Yaniruma, porque, salvo el tendero, nadie ofrece un servicio por el que cobrar al resto de la comunidad. El poco dinero que entra no se mueve y acaba acumulándose en las manos de unos pocos, que probablemente terminarán gastándolo lejos de aquí” 

Me pregunté si habrían captado la idea que intentaba trasmitir  en boca de Thony. Todo el mundo asentía a mis palabras, mientras fumaban como chimeneas, con la mirada perdida en el suelo. Daba la impresión de que el simple acto de expulsar el humo les suponía un esfuerzo inasumible…  El alcalde se dirigió a mi …
-“¿Qué dice?” – le pregunté  a Thony -.
-“Dice que entra poco dinero en Yaniruma”– Sonrió -.
“Sí. Me imagino” – Evidentemente, no había entendido nada. Preferí no insistir en el tema-.

Comenzaba a anochecer. Entonces, recibimos una visita que nos alegró el ánimo; el jefe de Yafofla había dejado a su esposa ingresada en el dispensario y andaba deambulando desnudo por el pueblo. Cuando nos vio, se acercó,efusivo…

-“¿Qué tal tu esposa?”– le pregunté por medio de Thony-.
-“Se encuentra mejor”– repuso, agradecido por mi interés-.
Boas había terminado de prepararnos la cena y el jefe aceptó nuestra invitación para compartirla con nosotros…

Uno a uno, nuestros visitantes habían regresado cansinamente a sus hogares – antes de que  la noche cayera por completo, ya que, según decían, los malos espíritus habitan en la oscuridad – Solo Pies de Elefante y el joven Dayak, además de Boas, Thony, el jefe y yo, quedamos en la casa….

De pronto, el joven porteador que nos había acompañado en la expedición irrumpió en la casa, jadeante y con rostro desencajado.  Algo dijo, que provocó la nerviosa reacción de todos los presentes. Boas y Pies de Elefante se apresuraron a trancar puertas y ventanas…
-“¿Qué sucede?”– pregunté-.
-“¡Nos han seguido!”  – contestó Thony, con gesto tenso y preocupado-.
Instantes después, se escuchó un gran revuelo en el exterior de la casa…
Por las rendijas de las ventanas distinguí al belicoso jefe del último poblado,  acompañado de otros cinco nativos armados. El Korowai profería amenazas y se mostraba muy hostil…

En el interior de la casa, todo el mundo había echado mano de cuantas armas blancas tenía a su alcance: cuchillos, tenedores…

Tras unos momentos de tensa indecisión, nuevas voces se sumaron al griterío exterior. Al parecer, estaba teniendo lugar una especie de acalorado debate…

Nos asomarnos a la ventana y comprobamos como el alcalde, escoltado por un numeroso grupo de lugareños armados, se estaba enfrentando a los seis nativos desnudos, que habían surgido del corazón de la selva, alterando la paz  de aquella pequeña congregación de korowais y kombáis, tan indolentes, como prestos a defenderse de todo aquel que osara  atentar contra la frágil armonía que se había constituido en pilar de su  convivencia.

Boas y Pies de Elefante salieron al porche en apoyo de su gente, mientras Thony y yo decidimos mantenernos a prudencial distancia…

-“¡Nos han ofendido; habían llegado a un acuerdo conmigo y no cumplieron su palabra!”– se justificaba el agresivo hombre de la selva -.
-“Haberlo arreglado en tu pueblo”– contestó el alcalde sin mostrar un ápice de debilidad-“¡No puedes irrumpir en mi casa y agredir a mis invitados!”
-“¡Deben cumplir su palabra, o tendremos que matarles y comernos su carne!”-insistió el Korowai, sin cesar en sus amenazas-.
El jefe de Yafofla se interpuso entonces entre ambos…
-“¡Eres un demonio! – Dijo – “¡hiciste enfermar a mi esposa y si ella muere, yo sí me comeré tu carne!”
El alcalde intentó apaciguar los encendidos ánimos…
-“Estas personas son amigos, están  bajo mi protección. Si alzas tu hacha contra ellos, te las tendrás que ver con mi gente, habrá muchos muertos. No creo que quieras eso. Vuelve a tu pueblo y déjales en paz”
-“Si le haces daño al hombre blanco, ningún otro extranjero querrá venir ya a Yaniruma. Perderemos todos” – señaló el tendero Kayak -.
El hostil aborigen pareció reflexionar por unos segundos. Luego se dirigió a Thony, que seguía la escena desde la puerta de la casa…
-“¡Si te vuelvo a ver por mi pueblo, te mataré, a ti y a quién esté contigo! ”
Thony no abrió la boca.
Refunfuñando, el korowai de la jungla dio media vuelta y se alejó por dónde había venido, seguido de su gente…

Aquella noche nos aseguramos que todas las puertas y ventanas quedaban debidamente selladas …Tuve que dar más de una vuelta en la colchoneta antes de lograr conciliar el sueño.

Por la mañana del día siguiente el cielo seguía cubierto.
La posibilidad de que la avioneta tampoco pudiera venir a recogernos aquel día nos generaba una doble inquietud. De un lado, Thony tenía serias dudas de que el grupo de korowais hubiera regresado realmente a su rincón de la jungla, y la sensación de amenaza seguía impregnando el ambiente. Por otra parte, era viernes, y las compañías aéreas de Papúa no trabajaban el fin de semana, por lo que, si no conseguíamos volar ese mismo día, estaríamos obligados a permanecer  en Yaniruma hasta el lunes, con la consiguiente pérdida de los vuelos que debía contactar al día siguiente.

Después de desayunar, recogimos todo el equipaje y nos dispusimos a esperar a que la emisora se pusiera en funcionamiento y pudiéramos recabar algún tipo de información sobre la viabilidad de los vuelos.

Sin embargo, todas nuestras dudas se disiparon antes de las diez de la mañana.

Yo estaba lavándome los dientes en el porche, cuando escuché un motor en el cielo e inmediatamente, vislumbé el pequeño aparato de la A.M.A., que iniciaba la maniobra de aterrizaje.
Thony se asomó a la puerta de la casa…
-“¡Ya están aquí!.¡Rápido, Indiana!”
Casi sin tiempo para enjuagarme la boca, varios habitantes del pueblo llegaron corriendo a la casa y, sin terciar palabra, se echaron nuestro equipaje a la espalda y enfilaron, a paso ágil, la pista de aterrizaje.
-“¡Deprisa, Indiana!; la avioneta no va a esperarnos! –insistió Thony-.
Terminé de escupir la pasta dentífrica y corrí a recoger el sombrero y las botas, lo único que quedaba en la casa.

Cuando llegamos a la pista,dónde nos esperaba la avioneta, el lugar era ya un clamor, con varias decenas de lugareños agolpándose a cierta distancia del aparato.

Yo no tenía claro si aquello respondía a simple curiosidad o se trataba de una multitudinaria despedida. Cuando pasaba cerca de ellos, una voz femenina me llamó desde el gentío…
-“¡Edardo!” 
Era la primera vez que Mada intentaba pronunciar mi nombre. Mientras Thony proseguía hacia la avioneta, yo me detuve junto a la muchacha…
-“¡Goodbye, Edardo!”
-“Goodbye, Mada. Don’t  you give up studying, ok?  You’ll become a great anthropologist.”
-“Yes”
Nos estrechamos la mano. Ella la apretó con fuerza…

– “Good luck, Mada” 
-“¡Vamos, Indiana, tenemos que irnos! “ – me gritó Thony desde la puerta del aparato-.
Dediqué una última sonrisa a Mada y corrí hacia la avioneta. Era el mismo piloto americano que nos había llevado de Wamena a Kosarek doce días antes, doce días tan intensos y emocionantes, que en aquel momento me parecían años…
-“Hallo again!” – le saludé,  mientras subía a la avioneta-. “You came into my rescue!”
-“Yes” – sonrió a su vez,  mientras procedía a asegurar  mi puerta-.
Después, el americano se situó a los mandos del aparato y encendió los motores…
-“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Concédenos, Señor, un vuelo agradable, permítenos llegar sanos y salvo a nuestro destino,… in the name of the Father, and the Son, and the Holy Spirit… Amén”
Hora y media después, aterrizaba en Wamena.

 

Mi viaje a la isla perdida, a aquel mundo ancestral, que me había descubierto John
catorce años antes, tocaba a su fin. En mi vuelta al valle de Baliem, aún tuve tiempo de presenciar una réplica de la ceremonia de iniciación de los jóvenes guerreros Dani, que Thony había apalabrado con el jefe del poblado que visitamos a mi llegada a las tierras altas.

Por la noche, invité a Thony a una cena de despedida en el hotel Baliem Pilamo.

Un homenaje a base de cangrejos de río, ¡cómo no!, tras el cual, Thony me deleitó con sus dotes de cantante en el karaoke local.
A la mañana siguiente, mi guía, mi ángel de la guarda y mi amigo, me dio un fuerte abrazo y se despidió de mí, mientras yo me perdía en la zona de embarque del aeropuerto de Wamena.
-“Adios, Indiana!”
-“Adios, Cuscús Dundee. Si vas a España ya sabes dónde tienes un amigo”

En la sala de embarque volví a encontrarme con los dos reporteros eslovacos, que regresaban también, tras haber concluido su documental sobre Irian Jaya.

El más menudo volvió a denotar una total falta de empatía con la veneración que su amigo profesaba por aquel mundo tan maravilloso como duro y lleno de trampas.
-“He is fucking crazy, you know?” – re refería constantemente a su compañero-.

 

De vuelta en Yayapura, dediqué lo que quedaba del día a conocer el lago Sentani  y algunas de las playas del litoral, conocidas por las numerosas bases japonesas y americanas durante la guerra del pacífico.

A media mañana del día siguiente, dejaba atrás definitivamente Irian Jaya y volaba a la isla de Bali, un paraíso turístico donde había pasado mi luna de miel, dieciséis años antes. Un lugar ideal para disfrutar de una especie de merecido descanso del guerrero antes de volver a España.

Durante dos días, y bajo los efectos de la intensa satisfacción que sentía por mi experiencia en Irian Jaya, me dediqué a todo tipo de placeres que, por supuesto, viniendo de dónde venía, apreciaba de forma muy especial: un buen masaje en el hotel, el espectáculo de los surfistas surcando las olas en las espectaculares playas de Kuta, una magnífica cena en la terraza de un restaurante a pie de playa que Alfonso Carrasco me había recomendado antes de la partida. Todo lo disfrutaba envuelto en una especie de paz interior. De alguna manera, me sentía realizado, mientras repasaba mentalmente algunos de los episodios de mi aventura. Una vivencia que perdurará en mi recuerdo como los días en que tuve la audacia de adentrarme en el corazón de la Tierra Caliente Victoriosa, de Irian Jaya.

Por Eduardo Lostal

 

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