mayo 26, 2017

EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS, PODÍAS PASAR DE COMPARTIR SU COMIDA A FORMAR PARTE DEL “MENÚ

UN CÁNTABRO EN TIERRA CANÍBAL X

En Julio de 2005, me adentré, con la única compañía de un guía autóctono Thony y de un puñado de porteadores nativos en el ancestral mundo de Irian Jaya (Papua Occidental), el rincón más salvaje del planeta. Mi intención era contactar a los hombres mono, los caníbales korowai. El viaje se convirtió en una experiencia única, un auténtico reto como viajero, plagado de anécdotas y situaciones novelescas.
Este serie de relatos pretende ser una especie de cuaderno de viaje, mediante el cual, os narro mi aventura en tierra caníbal.

EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS, PODÍAS PASAR DE COMPARTIR SU COMIDA A FORMAR PARTE DEL “MENÚ»

 Cuatro enormes cabañas descansaban sobre las ramas de los árboles, coronando un pequeño claro en mitad de la jungla. Tres de ellas se asentaban sobre robustos troncos de unos diez metros de altura. Pero la cuarta sobresalía por encima de la selva, a unos veinticinco metros del suelo.

Una obra de la que se habrían sentido orgullos los más prestigiosos arquitectos del viejo continente.

El poblado estaba vacío…

-“Estarán cazando o recogiendo el sago“ – dedujo Thony –“Montaremos el campamento y esperaremos a que regresen”

Junto con la pareja de Korowais, sin cuya ayuda vete a saber si habríamos encontrado el lugar, procedimos a instalarnos en la casa larga, levantando las tiendas. Yo comprobé, con alivio, que  en el interior de las mochilas no había entrado ni una sola gota de agua.
No pude decir lo mismo de mis botas, que se desbordaron al voltearlas, como un caldero que estuviera a rebosar.

En pocos minutos, la larga galería de madera y caña, se había convertido en un enorme tendal, del que colgaba pantalones, camisetas y todo tipo de prendas, que goteaban sin cesar.

Los porteadores se acomodaron en lechos de hojas secas que se extendían,  a modo de literas, a lo largo de la choza.

La temperatura era magnífica y el grado de humedad muy alto, así que me quedé sólo con un pantalón corto, unas calcetines secos y unas chanclas. De forma instintiva, me aseguré que el cuchillo que guardaba en mi mochila estuviera al alcance de la mano. Después, decidí relajarme un rato y esperar a que aparecieran nuestros inquietantes anfitriones…

Mientras contemplaba la Khaim,que sobresalía por encima de las copas más altas del bosque, la mente de Thony retrocedió ocho años en el tiempo.

En 1997, se había adentrado en aquella jungla en compañía de un aventurero alemán  de nombre Manfred. Era un hombre muy corpulento – medía cerca de dos metros y su evidente sobrepeso rondaría los 110 kilos -. Habían localizado un pequeño asentamiento Korowai, compuesto por tres Khaims, en las que vivían un total dieciocho miembros de la misma familia. El alemán se había empeñado en trepar hasta la choza más alta, que descansaba sobre un enorme árbol de unos treinta metros de altura.

Para acceder a lo alto de la Khaim, los Korowai utilizan un largo poste, en el que, a golpe de hacha,  tallan pequeñas muescas a modo de escalones donde apoyar la punta del pie.

Una escalinata suficientemente resistente para los menudos y etéreos habitantes de la selva, pero mucho más frágil e inestable para la envergadura de un típico centroeuropeo  con exceso de cerveza en sus carnes.

El propietario de aquella especia de rascacielos de la jungla intentó en todo momento persuadir al germano para que renunciara a su descabellada idea.

-“Dice que no lo intentes, cree que no aguantará tu peso” – insistió también Thony, haciendo de intérprete de su guía Korowai-.

-“Tonterías; iré con cuidado”  

El alemán hizo caso omiso a las advertencias y comenzó a trepar por el poste, descansando cuidadosamente la punta de sus botas en cada hendidura, y abrazándose al mismo con ambos brazos.

Hacía poco que la familia había terminado  aquella vivienda y el terreno que rodeaba el gran árbol, que servía de columna vertebral del edificio, estaba sembrado de puntiagudas estacas de madera y bambú, que habían quedado a medio talar.

Cuando el alemán  se hallaba a unos quince metros del suelo, el poste comenzó a tambalearse como una hoja de afeitar. El enorme hombre blanco se aferró a él como un koala y, por primera vez,tuvo la sensación de haber cometido un grave error al desatender los avisos de su guía.

Desde el suelo, el Korowai presintió la tragedia…
“¡Baja ya, Manfred,. no sigas subiendo!”  – gritó Thony-.

En ese momento se escuchó el primer crujido. El alemán, vencido por el miedo, era incapaz de dar un solo paso. Desde lo alto de la casa,  la esposa del Korowai contemplaba la escena con horror e impotencia; “si intentaba bajar en ayuda del hombre blanco, la escalinata no resistiría”…Entonces, los peores temores se hicieron realidad; un gran chasquido recorrió la selva, provocando que algunos pájaros retomaran el vuelo. Un chasquido, acompañado de un grito espeluznante. El poste se quebró por la mitad y el pesado cuerpo del teutón se precipitó al vacío, ensartándose en las estacas que rodeaban la Khaím.

Thony se quedó pensativo, como si hubiera vuelto a sentir todo el horror de aquel momento…

-¡Debió ser espantoso!” – Dije, cuando conseguí sobreponerme a la trágica narración que acababa de oír-.

-“ Ha sido mi momento más duro como guía”“ – aseguró Thony, con la mirada perdida en la jungla. Luego, se volvió a mí-. …”No intentes subir a una Khaim sin ser invitado previamente, Indiana. No sólo porque nadie mejor que quienes la utilizan a diario saben si aguantará tu peso, sino porque, además, podrías tener problemas con los nativos” 

-» ¡Ya he hecho bastantes equilibrios sobre troncos por un día!» – Bromeé -.

-“… ¿Qué tal un baño en el arroyo?”

Mi primer intento de salir a la jungla, calzado con unas simples chanclas, fue todo un desastre; no había avanzado ni diez metros, portando la toalla  en una mano y el bote de gel en la otra, cuando tuve que optar por regresar a la casa larga. Tenía los pies acribillados con diminutas espinas y todo tipo de pequeñas plantas punzantes.

-“ Andar descalzo en la selva solo está al alcance de los Korowai” – Señaló Thony – “ Ni tu ni yo nos podemos permitir ese lujo” 

Volví a calzarme mis empapadas botas, las cuales aún rezumaban…
El arroyo al que se refería Thony era una pequeña corriente de agua que se encontraba a unos cinco minutos del poblado. Como no podía ser de otra forma, para llegar a ella, había que caminar por  un bosque pantanoso, dónde nos hundíamos hasta los muslos.

Una vez en el riachuelo, nos desnudamos y procedimos a asearnos, sentados sobre una rama hundida.

-“Esta noche vendré a pescar con arco, ¿te apuntas?” –me preguntó Thony mientras procedía a jabonarse-.

-«¡Con arco!”- exclamé, sorprendido-.

-“Así pescan los Korowai, normalmente aprovechando la luna llena. Nosotros utilizaremos linternas si es necesario. Es una experiencia magnífica. ¡Anímate!”

-“¡No tengo nada mejor que hacer esta noche!”

De vuelta al poblado, al atravesar la zona inundada, oímos  un chapoteo en el agua.

Instintivamente, miramos a nuestro alrededor, para comprobar que no se tratara de una serpiente o alguna otra especie peligrosa…Apenas pudimos percibir una pequeña silueta que emergió de detrás de unos arbustos, desapareciendo súbitamente entre las palmas.

-“Tenemos visita” – confirmó Thony-.

Un segundo niño, de corta edad, salió de detrás de un árbol  y, entre gemidos,  corrió a refugiarse tras el cuerpo del primero. Los dos niños Korowai se nos quedaron mirando atónitos; el primero, de unos once años, sugería más curiosidad que temor. El pequeño, que apenas tendría siete,  nos miraba despavorido, asomando sus grandes ojos desde detrás de su hermano mayor.

En la entrada de la casa larga, Boas nos esperaba, dialogando con dos nuevos indígenas.

Uno de ellos era un hombre bastante longevo, lo que, para una población cuya esperanza de vida ronda los cincuenta años, significaba haber superado los cuarenta. Un pequeño pedazo de hueso le  atravesaba las fosas nasales.

El otro, de presencia mucho más orgullosa, andaría rozando de la treintena. Tenía una barba muy poblada y era bastante alto para la media de su raza – “aproximadamente uno setenta”, calculé -. Ambos estaban completamente desnudos, con la única excepción de una pequeña hoja que les envolvía el pene, que sujetaban con una especie de cordón vegetal.

Boas nos hizo la introducción y, entre él y Thony , entablaron diálogo con los dos aborígenes.

El más joven resultó ser el cabeza de familia …

-“Estas Khaim están ahora abandonadas”– me explicó Thony, mientras el Korowai me escrutaba a cierta distancia-. “El y su familia se han mudado a un nuevo hogar, que no está muy lejos de aquí”

-“Vamos allí” – sugerí yo-.

-“El problema es que todavía no han construido más que una Khaim, y aún no tienen casa larga, así que es preferible que sean ellos los que se trasladen aquí. Mañana vendrá el resto de su familia, a excepción de una de sus dos esposas que, por lo visto, está muy enferma. Nos enseñarán como recogen el sago, como cazan,… En fin, su forma de vida”

-“Muchas gracias”– sonreí al Korowai, que no esbozó ni una mueca-.

Empezaba a atardecer.

Salí de la casa larga y me alejé unos metros para orinar… Observaba con admiración aquella enorme Khaim, ahora abandonada, desde la que quizás se podía tocar el cielo – desde luego, desde aquel lugar  “se tenía que estar muy cerca de los pájaros” – Por un momento,  me vino a la mente la dramática historia del alemán, que me había contado Thony…

De pronto, una enorme sombra me pasó por encima, a poca distancia de la cabeza… El murciélago debía medir más de un metro. Realmente, había pasado muy cerca.

Levanté la mirada;  era la hora vespertina para las criaturas de la noche, y el techo de la jungla volvió a cubrirse de cientos de gigantescas manchas negras.

Al igual que los murciélagos, también las tribus que habitan en las selvas de Papúa aprovechan la oscuridad de la noche para salir a cazar.

Thony  sentía auténtica devoción por la caza bajo la luna llena. Ese era el momento preferido por los Korowai para revisar las trampas ó disparar sus flechas contra casuarios, ratas, cerdos salvajes u otros mamíferos, que forman parte de su dieta diaria.


No había luna en aquella noche cerrada,  por lo que, a falta de caza mayor, decidimos cenar pescado y cangrejos de río.

 -“¡A ver qué tal se te da, Indiana¡” 

Thony me puso en la mano un arco y varias flechas de triple punta, y partimos de nuevo hacia el arroyo, en compañía de Boas y los dos Korowai.

Una vez en el río, nos metimos hasta la cintura y, ayudándonos con las linternas, nos entregamos, pacientemente, a la localización de alguna presa. No era tarea fácil. De vez en cuando, los Korowai ó Thony, acertaban a impactar en algún cangrejo, pero los peces brillaban por su ausencia.

Respiré aliviado al percatarme de que yo no era el más torpe de los cinco; Boas evidenciaba una total falta de destreza en el arte de la pesca con flecha. “Esta visto que, lo mismo que no todos los españoles somos toreros, tampoco todos los korowais son buenos cazadores”, pensé…

De pronto, uno de los Korowai se giró bruscamente  y disparó su arco hacia la orilla.

Profiriendo pequeños aullidos, como congratulándose por la consecución de una presa importante, el indígena se apresuró a recuperar la flecha que había impactado de lleno en una enorme rata de río. Entonces, nos  mostró su trofeo, orgulloso.

-“¿Cómo lo ves, Indiana?,¡ya tenemos carne para cenar!” – me sonrió Thony, no sin cierta sorna,  sabedor de la repugnancia que produce ese animal en la cultura occidental-.

Yo asentí con una leve mueca…

Tras casi una hora en remojo, regresamos a la casa larga con el botín obtenido: un buen número de cangrejos, una especie de carpa de río y, como manjar estelar,  un delicioso roedor,  el cual continuaba ensartado en la flecha que el Korowai mostraba con júbilo a los porteadores que nos esperaban en el poblado.

Yo tenía la sensación de haber perdido el apetito. «¡Siempre me quedan las barritas de Isostar!”, me dije.

A la hora de la cena, todos estábamos sentados alrededor de la hoguera, bajo la techumbre de hoja seca que cubría la casa larga. En el exterior, continuaba lloviendo copiosamente.

Los Korowai acostumbran a compartir lo poco o mucho que tienen para comer. Unos a otros, se pasan los trozos de carne o de pescado, o el sago…

Yo intenté participar de toda la comida, aunque pude evitar la carne de rata, argumentando que prefería dedicarme a los cangrejos y a la carpa, y que el roedor era demasiado pequeño para tanto comensal. En un intento por seguir sus normas de conducta, saqué una barrita energética y, tras dar un mordisco,  la fui pasando de mano en mano. Uno a uno, los Korowai, tanto porteadores como nativos, mordieron aquel extraño alimento con sabor a limón, con la misma precaución que yo mostré al probar  un pedazo de sago asado.

Mada me observaba y estaba especialmente pendiente de mí. Le sonreí. Por primera vez tuve la sensación de que pudiera estar despertando interés en aquella joven de piel de cacao y ojos profundos y despiertos.

También el resto de porteadores se estaban refiriendo a mí en su conversación.

-«¿Qué dicen?”“ – le pregunté a Thony-.

-“ Que te has desenvuelto muy bien en la selvaQue eres un gran caminador. Otros extranjeros que han llegado aquí han tenido serios problemas para avanzar por el barro o al pasar por encima de los troncos. Normalmente la marcha es mucho más lenta. Más de una vez, hemos tenido que evacuar a alguno que había sufrido algún tipo de percance.

Consideran que el hombre blanco es torpe e inútil, incapaz de sobrevivir por sí sólo en la jungla. Tu les has impresionado bastante en ese sentido”

-“¡Vaya!”

-“Es más importante de lo que crees. El hecho de que te vean capaz, que vean que te integras, que cazas con ellos, que compartes su comida, es importante. Has conseguido que te respeten y te acepten como uno más.”

Eché un vistazo a mis acompañantes; parecían sentirse cómodos en mi presencia…

Me fijé en que Priscila tenía una pequeña herida en la pierna, que debía de haberse producido en el transcurso del trecking. Me ofrecí a limpiársela y a desinfectarla con Betadine…

Junto a un arcaico hacha de piedra, el jefe del poblado me observaba, mientras fumaba “clavo” en una larga pipa de madera. Le musitó algo a Thony…

-“Dice que le gustaría que le acompañaras mañana a su nueva Khaim y echaras un vistazo a su mujer enferma”

-“Dile que yo no soy médico, que no sabría como curarla  …”

Thony tradujo mis palabras, pero el jefe insistió…

-“Dice que el hombre blanco es poderoso ante la enfermedad, que sabe de su magia”

-«¿Qué pasa con los demonios?, ¿qué debo hacer?» – le interpelé a Thony -.

-“Creo que debes ir; no debe creerte indiferente a su problema. Pero no te compliques. Insiste en que tu no tienes la magia, que no eres médico, y no se te ocurra darla ninguna medicina si no estás absolutamente seguro; como le produzca alguna reacción ó efecto secundario, podrían culparte por ello y tendríamos serios problema “

Devolví la mirada al Korowai…

-“Dile que mañana le acompañaré gustoso a su casa, que haré todo cuanto pueda por su esposa”

A la mañana siguiente,  mis  botas seguían empapadas. Las sacudí como acostumbraba y aún cayó agua de su interior.

Estábamos desayunando cuando llegó al poblado la primera mujer del jefe, en compañía de sus dos hijas y de otros tres miembros de la tribu.

Aquella mañana la dediqué a acompañar a los Korowai en algunas de sus tareas diarias.

Mi interés les motivaba. Se esforzaban en explicarme  el proceso para la obtención del sago, una apreciada fécula que extraen de los troncos de las palmeras y que forma parte fundamental de su alimentación. También de los troncos podridos, talados y abandonados en el agua, obtenían una de las principales fuentes proteínicas de la dieta de los Korowai y los Kombai: las larvas de escarabajo. Tras desmembrar la reblandecida corteza, los indígenas se dedicaban a recolectar decenas de gusanos blancos y gordos, algunos de los cuales se llevaban inmediatamente a la boca, preservando la mayor parte, para elaborar sus platos más exquisitos…

Evidentemente, en aquella selva no había nada que pudiera hacerse con el agua por debajo de la rodilla, salvo, naturalmente, la recolección de cocos en las copas de los árboles. Pero esa tarea estaba reservada únicamente a aquellos hombres mono, que, con sus extremidades articuladas, trepaban por los troncos de las palmeras más altas y se desplazaban de rama en rama, con la agilidad del mismísimo Tarzán.

Con la caída de la tarde, el jefe me recordó mi promesa y, en compañía de Thony, Boas y otro indígena, nos encaminamos hacia la nueva ubicación de la tribu, donde debíamos encontrarnos con su debilitada segunda esposa.

Apenas tardamos una hora en llegar a un claro en la jungla, dónde la familia estaba levantando su nuevo hogar.  Alrededor de la Khaím, había infinidad de restos de árboles a medio cortar. La única casa terminada estaba emplazada en medio del claro. A su derecha,  descansando sobre el suelo, reconocí parte de la estructura de una nueva choza en proceso de construcción.

La Khaim a la que debíamos trepar  estaba situada a unos nueve metros del suelo.

Desde la plataforma ó terraza que rodea el habitáculo principal, dos mujeres y una niña nos invitaron a subir.

Los primeros en trepar fueron los dos Korowai.

Traté de fijarme atentamente en la técnica de escalada por el tronco; especialmente en la forma en que adaptaban la almohadilla de sus pies a las diminutas hendiduras que servían de escalones. Con mis enormes y rígidas botas mojadas, la cosa iba a ser mucho más complicada…

Una vez en lo alto de la casa, el jefe mi hizo un gesto para que subiera…

-“Despacio, Indiana; no hay prisa” – me animó Thony –

A medida que me iba alejando del suelo, la sensación de falta de seguridad en mi mismo iba en aumento. La escasa adherencia del calzado y la falta de espacio, donde apoyar la punta de las botas, me provocaban la sensación de que, en cualquier momento, podría sufrir un traspiés y precipitarme al vacío, como le ocurrió al protagonista de la macabra historia de Thony. A partir de  cinco metros, la sensación de altura comenzaba a provocar vértigo. Por un momento,  me vi  incapaz de dar un solo paso, ni hacia arriba, ni hacia abajo.“No me extraña”, pensé, “que vean al hombre blanco como un ser inútil y torpe”. Verles a ellos deslizarse por aquellos troncos – cargados con perros, bebés ó piezas de caza -, con aquella facilidad casi primate, hacía que la ascensión ó el descenso por aquellas delgadas escalinatas pareciera fácil. Sin embargo, allí estaba yo, enroscado al tronco, como un marsupial de las antípodas, incapaz de dar un solo paso en firme…

-“Animo, Indiana; no mires abajo” – Gritó Thony -.

Pero no podía. Era imposible. No, mientras siguiera calzando aquellas pesadas botas que me impedían apoyarme en las pequeñas muescas, labradas en el tronco… Así que, como ellos, tomé la determinación de descalzarme. Muy lentamente, conseguí desatarme las botas, dejándolas caer a los pies de Thony. Después, me quité también los calcetines mojados…

El contacto de la piel con la madera y la mayor flexibilidad de la planta del pie, me proporcionó, por fin, la sensación de apoyo fiable que necesitaba. Así pude alcanzar la Khaim, sin mayor problema. “Al final, era una simple cuestión de adaptación al medio…”

Una vez arriba, me llamó la atención la sencillez del habitáculo. El interior era diáfano, la corteza de árbol era el material que utilizaban tanto para cubrir el piso, a modo de moqueta, como para formar las mamparas, que  dividían los espacios destinados a las mujeres y los hombres. Había un pequeño montón de ceniza, apilada sobre la sección de un tronco talado que emergía del suelo, en mitad de la estancia principal. Era el lugar del fuego.

El jefe de la tribu me observaba, entre paciente y expectante. Entonces recordé el motivo por el que había sido invitado a la Khaim y le seguí hacia el lugar donde yacía la esposa enferma.

Su aspecto me impactó; estaba tendida sobre una especie de estera trenzada con fibra vegetal, sobre un lecho de hojas secas. Tenía el rostro y las extremidades hinchadas hasta la deformidad.

Miré a Thony de reojo…

-“Recuerda lo que te dije” – Insistió -.

Me situé en cuclillas junto a la mujer, que me contemplaba, entre aterrada e implorante…

-“¿Tiene dolores?”–  pregunté -.

Thony trasmitió mi pregunta a Boas, que, a su vez, ejerció de intérprete de la mujer…

-“A veces” –tradujo Boas- “al moverse…,o si la tocan”

Alargué mi mano para paparla delicadamente la frente. Ella reculó…

-“¡Tranquila!”- le sonreí-.

El jefe le dijo algo y, por fin, se quedó quieta. Entonces, pude apoyar la palma de mi mano en su frente…

-“No parece que tenga fiebre” – Dije. Por decir algo…- “No sé, podría ser algún tipo de alergia. Alguna reacción a la picadura de un bicho. Pero yo no soy médico, no puedo saberlo”

-“No te compliques” – Repitió Thony-.

-“En el botiquín tengo algunos antiestamínicos, quizás…”

-“Ya hemos cumplido con el jefe por su hospitalidad. Es mejor que nos alejemos de ella. Recuerda lo que te expliqué de los demonios…”
Por boca de Boas, Thony se  dirigió al jefe…

-“¿Le ha picado algún insecto últimamente?” – Preguntó -.

-“No. Ella fue a visitar a un familiar cerca de aquí. Cuando regresó ya tenía  los malos espíritus en el cuerpo” – Contestó el korowai -.

-“El blanco no es médico, no tiene magia para curarle”

-“Yo sé quién ha metido el demonio en el cuerpo” – Afirmó el Jefe – “uno de los hombres a los que visitó tiene Khakhua, él le ha enfermado. Si ella muere, iré al poblado y le mataré.”

-“No es Khakhua, no habita en ella ningún ser maligno” – Dijo Thony – “ solo está enferma. Necesita medicina. Debes llevarla a Yaniruma para que la vea la enfermera. Ella sabrá como curarla.”
– “La llevaré a Yaniruma” –  Repuso el korowai – “¡Pero si la magia blanca no la cura, buscaré al hombre, le mataré y me comeré sus entrañas!”

De vuelta a Yafofla no me quitaba de la cabeza el rostro deformado de la mujer y las últimas palabras del Korowai. Qué delgada era la línea que separaba la cara amiga y hospitalaria de aquella gente, con su lado más cruel y temible… Thony había hecho muy bien en no permitir que me involucrara más en el problema; en un mundo en el que todo es khakhua, en el que todo se explica en función a espíritus y a fuerzas malignas, cualquier torpeza, cualquier acto de buena voluntad, con consecuencias no deseadas, podría ser malinterpretado por los habitantes de los árboles. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, podías pasar de compartir su comida a formar parte del “menú”. Aunque me había quedado un cierto malestar por no ser capaz de aliviar a la mujer.

Con tantas emociones, no me había percatado de que ese día que se aproximaba a su crepúsculo, ¡era el de mi cuarenta y seis cumpleaños…!

Cuando lo comenté, Thony me felicitó efusivamente y, al llegar al campamento, se lo comunicó al resto de porteadores. Uno a uno fueron estrechándome la mano: Boas, Pies de Elefante, el muchacho, el cara chupada, los dos atléticos y las tres mujeres del grupo: la tía, Priscilla y, cómo no, la que más parecía trasmitirme con su apretón de manos y su sincera sonrisa, Mada…

Tras quitarme toda la ropa mojada y descansar un rato, salí de la tienda de campaña. Ya había oscurecido.

En un extremo de la casa larga se agolpaban los porteadores –  las mujeres ayudaban a Boas a cocinar una especie de verdura -. En el extremo opuesto, el grupo de Korowais de la selva se arremolinaba alrededor de un segundo fuego. Los hombres charlaban ó fumaban en pipa. Las mujeres más adultas también se encargaban de la cocina. Los niños corrían por todas partes. Y una joven madre amamantaba a su pequeño… Junto a ellos, tres pequeños lechones campaban a sus anchas.

Thony no había salido de su tienda…

Yo me aproximé a Mada e intenté mantener una conversación…

-“So, you’ve studied in Wamena, Mada?” – Dije -.

-“Yes” – sonrió,  entre tímida y ansiosa-.

-“What did you study there?”

-“Primary school”

La muchacha se esforzaba por mantener la conversación, pero estaba claro que no podríamos progresar mucho más. Entonces, cuando estaba a punto de tirar la toalla, ella fue capaz de trenzar una nueva frase…

-“I want to go to Yayapura.  I want to go to university”

-“That’s great!.  What would you like to study at university?”

-“Anthropologist” – A la muchacha le costó escupir aquella enrevesada palabra…-

La respuesta a mi pregunta no dejó de sorprenderme; Mada volvía a evidenciar mucha más ambición y ganas de aprender que el resto de nuestros analfabetos acompañantes…

-“Anthropologist!”–  Exclamé -.  “I guess you are just in the right place for it”…

La conversación se estancó en ese punto, pero ella parecía realmente complacida…

Cuando me acerqué al grupo de Korowais, una escena me llamó poderosamente la atención: la joven madre que había estado amamantando a su hijo, había dejado a un lado a su pequeño y le daba el pecho a uno de los lechones…

-“Al igual que los Yalis y las restantes tribus que habitan en Papúa, los Korowai consideran a los cerdos  su bien más preciado. Por eso las madres en estado de lactancia no dudan en alimentar a  los lechones huérfanos. La escena es preciosa, ¿verdad? ”- me explicó Thony, que acababa de emerger de su tienda de campaña-.

-“¡Es una pasada!” Aseveré yo -.

Por un momento, estuve a punto de correr a por la cámara de fotos e inmortalizar aquella estampa única, pero no quise arriesgarme a estropear el sentimiento de confianza que se había forjado entre aquel grupo de aborígenes y yo…

-“Boas sale a pescar tu cena” – Dijo Thony – “¿te apetece acompañarle?”

Pude ver la enorme bocaza de Boas sonriéndome, mientras  blandía un arco y varias flechas…

-“¡Qué Boas va a pescar mi cena!”

-“Exactamente”

-“¡Qué mi cena depende de la destreza de Boas para pescar con arco!–  acentué el nivel de mi sarcasmo -….”Dile a esa joven madre que después del lechón voy yo”

Thony rompió en carcajadas; mi ocurrencia le había hecho muchísima gracia y no tardó en traducírselo a Boas y hacer que este se lo trasmitiera al grupo de korowais…

“¡Espera, espera!»– traté de impedirlo, temeroso por la imprevisible reacción de los nativos-.

Pero fue demasiado tarde; los hombres de los árboles ya habían roto a reír escandalosamente.  Incluso la joven, que seguía dándole el pezón al pequeño cerdo, no pudo contener la risa…

Otra vez la delgada línea me situaba en la cara más afable de aquellos seres, mitad hombres mitad monos. Sin duda,  estábamos separados por millones de años de evolución, pero, por lo visto, compartíamos el mismo sentido del humor.

Esa noche, aún tendría oportunidad de presenciar otro ejemplo de su espíritu bromista y alegre…Estábamos cenando alrededor de la hoguera. Yo comía las verduras que había cocinado Boas y que Mada, que se había convertido en mi ayudante de cámara personal, me había servido en un plato. Los korowai por su parte, envolvían en hojas las larvas de coleóptero que habían recolectado por la tarde, tras mezclarlas con una masilla de sago, y las asaban a fuego lento hasta que consideraban que habían alcanzado el punto idóneo.
Entonces, retiraban la hoja y devoraban su contenido con auténtica devoción. No cabía la menor duda de que para aquella gente, los gusanos blancos del escarabajo representaban un manjar de dioses.
De pronto, uno de los Korowai adultos se dirigió a mí y me ofreció una de las hojas que acababa de retirar del fuego. Me hacía gestos para que me lo metiera en la boca y lo masticara, seguro de que lo encontraría delicioso… Yo dirigí mi mirada implorante hacia Thony…

-“Son deliciosos, Indiana. Nada mejor para celebrar tu cumpleaños…” – Dijo -.

-“Y, ¿pasa algo si lo rechazo?»

-“¡Cómo dices…! – espetó Thony-.

-“Dile que lo agradezco mucho, que seguro que es exquisito, pero que estoy muy lleno, que no puedo comer más”

-“¡Estás loco!, rechazar un guiso de larvas es una terrible ofrenda para los Korowais; el escarabajo es una especie de insecto sagrado para ellos, les protege del khakhua. ¡Podrían matarte si les haces ese feo!”

-“¿En serio. ?” – no daba crédito-.

-“Puedo decirles que te lo asen un poco más. Pero, mentalízate, Indiana, no te va a quedar más remedio que comerte las larvas”
Miré a mi alrededor; los nativos parecían pendientes de mí, como preguntándose a que esperaba…

Thony le dijo algo a Boas y este se dirigió al jefe, que, tras asentir con la cabeza, tomó de mi mano la hoja que envolvía aquella especie de pastel de escarabajo y volvió a pasarla por el fuego. El Korowai me lanzó una mueca de asentimiento a la que yo respondí con una sonrisa, que procuré resultara lo menos forzada  posible. No podía creer que fuera a tener que meterme uno de aquellos gordos gusanos blancos, a la boca…

Cuando consideró que estaban suficientemente asados, el Korowai retiró el envoltorio, extrajo una larva con los dedos y la seccionó por la mitad con los dientes, ofreciéndome la mitad restante…

La escena había atraído alrededor nuestro a todos cuantos compartíamos refugio en la casa larga: aborígenes, porteadores, guías…

Haciendo de tripas corazón, tragué saliva y extendí la palma de mi mano, para que el Korowai depositara en ella la mitad del cuerpo anillado de la larva. Cuando estaba a punto de dejarlo en mi mano, el korowai me lo arrebató con una sacudida y se lo llevó directamente a la boca…

-“¡¡¡Ñahm!!!» 

Acto seguido, me dedicó una mueca burlona, abriendo desmesuradamente los ojos, mientras el resto de cohabitantes de la choza rompían a reír con estrépito.

-“¡Sentido del humor Korowai, Indiana! – Dijo Thony – “tranquilo, no tienes que comerlo si no te gusta”

Los Korowai, por su parte, seguían divirtiéndose a mi costa.
Yo les obsequié con una amplia sonrisa, mientras aplaudía y asentía con la cabeza…

Mada se me acercó y me ofreció un pedazo de sago asado, que esta vez sí, degusté sin problema. Su sabor me transportó a los fríos inviernos de Cantabria, a las castañas asadas, que tantas veces me había comprado mi madre en las viejas locomotoras verdes, donde las vendedoras, todavía hoy, te sirven la docena en el típico cucurucho de papel, mientras se protegen de las bajas temperaturas al calor de la brasa.

CONTINUARÁ…

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